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Etiquetas: pekín / 2008 / gran / mentira

Pekín 2008, la gran mentira



Pekín 2008, la gran mentira
El Secreto de Beiigin 2008

No todos los efectos de la globalización son económicos ni muchos menos negativos. Por ejemplo, los Juegos Olímpicos, vividos en directo y prácticamente por todo el mundo –aunque existan aún enormes porcentajes de Tierra en apagón tecnológico y, lo que es peor, alimentario–, son quizás la más importante, pacífica y magna reunión de seres humanos que acontece en nuestros días, y eso a pesar del profesionalismo salvaje de muchos de los deportes y de la siniestra sombra del dopaje



Los Juegos Olímpicos son la gran fiesta deportiva del globo terráqueo donde los atletas se enfrentan representando a sus países. Asimismo, en este evento se enfrentan distintas concepciones de afrontar, promocionar y financiar el deporte. ¿Quién ganará en Pekín 2008: el liberalismo comercial de los patrocinadores y universidades estadounidenses o la maquinaria estatal china de fabricar atletas en serie? La cuestión, deportivamente hablando, es apasionante. Y, cuando hablamos de nuestros propios dineros, inquietante. Se habla de que nuestro plan ADO cuesta alrededor de 60 millones de euros; me gustaría ver unas cuentas más transparentes que nos dijesen cuánto cuesta a nuestros bolsillos cada medalla que ganamos, cuánto cada fracaso.

Pero no quiero tratar de algo que, a la postre, resulta tan nimio en nuestro derrochador sentido de la democracia. El gasto público apenas crece por el deporte. Y ahora tenemos quince días por delante para disfrutar de los Juegos Olímpicos, y eso aunque los vaya a celebrar la mayor y mejor organizada dictadura de nuestro planeta.

China se ha preparado concienzudamente para quedar bien ante el mundo: ha cerrado fábricas para mitigar la polución, ha aleccionado a sus ciudadanos para que contesten obedientemente a los periodistas extranjeros, ha prohibido que se coma carne de perro para no herir sensibilidades occidentales, ha tomado en definitiva medidas para paliar en lo posible el choque cultural y para mejorar su imagen, sobre todo en lo que se refiere a su merecida fama liberticida y despótica. Tanto, que algunas de esas medidas son tiránicas en sí mismas, como la apertura con límites de las líneas internáuticas.

El principal problema que veo es que Pekín será el gran escenario mundial durante la próxima quincena y la dictadura china saldrá beneficiada de ello. Además, demostrará un poder organizativo apabullante, impropio de los países “libres”. Todo gracias a que los Juegos Olímpicos son una oportunidad única para lavar la propia cara, no sólo en el terreno deportivo, y a que el mundo acepta feliz que China, con sus 1.300 millones de habitantes, organice los juegos.

Hace unos meses, en el Tibet estalló una revuelta independentista. China la fulminó sólo después de expulsar a todos los periodistas extranjeros. ¿Qué ocurrió allí? Nadie lo sabe. Por otro lado, China ha explotado como gran potencia capitalista gracias a que en sus fábricas y talleres se explota, valga la redundancia, a los trabajadores. Muchos de ellos, se sabe fehacientemente, duermen en sus lugares de trabajo y cobran tres míseras perras porque hay millones de personas que quieren huir del campo y dispuestas a trabajar por todavía menos dinero.

Así, China compite deslealmente en el mundo con unos productos baratísimos –la mano de obra es un coste nada desdeñable– que a menudo arruinan a las industrias autóctonas, como pasa en España con la industria del calzado. Pero Occidente mira a otro lado porque China ha abierto sus fronteras económicas y su mercado, de lejos, es el mayor del mundo, más del doble que la Unión Europea y Estados Unidos juntos. Por eso da igual que sus trabajadores sean sistemáticamente explotados.

Aparte, China es una dictadura en lo político, y la libertad de expresión la principal víctima de un sistema represor como nunca antes se había conocido. Un atleta paralímpico, dicen las crónicas, fue expulsado del equipo chino cuando las autoridades descubrieron que su minusvalía fue causada en la famosa revuelta de la plaza de Tiannamen. No hay ninguna duda sobre la auténtica naturaleza del sistema político chino. Pero como el mercado chino es tan suculento para los capitalistas y los defensores de los derechos humanos suelen escorarse hacia la izquierda –no olvidemos que China se declara República Popular–, estos Juegos Olímpicos probablemente serán proclamados como los más grandes y mejor organizados de la Historia.

En un episodio de South Park, los japoneses están a punto de conquistar Estados Unidos porque cada vez que les amenazan, los orientales dicen que tienen la pilila muy pequeñita y los yanquis muy grande. Y así, aunque peligre su país, los estadounidenses se quedan satisfechos. Lo de China y su relación con Occidente me recuerda a dicho capítulo de la serie creada por Trey Parker y Matt Stone. Ellos nos dicen que somos muy buenos y amamos la libertad mientras nosotros, muy contentos de habernos conocido, aceptamos sus despóticos modos y celebramos con ellos unos Juegos que en origen y esencia son una celebración de la paz y la libertad de todos los seres humanos. Un hermoso sarcasmo más de este miserable mundo de locos.





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